Un grupo de reconocidas investigadoras paraguayas de distintas ramas instó hoy a las niñas y adolescentes del país a dedicarse a carreras científicas, pese a los obstáculos y prejuicios, y contribuir con ello a paliar las carencias en investigación de Paraguay.
La presidenta de la Sociedad Científica del Paraguay, Antonieta Rojas, abogó por romper con esa imagen de “niñas princesas” que se inculca desde el hogar y permitir que las jóvenes “tengan una apertura para acceder a las ciencias”, en un evento en Asunción organizado con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.
Rojas, doctora en Zoología Aplicada, reconoció la labor de las mujeres paraguayas dedicadas a las ciencias, que abandonaron “sus áreas y ambientes de confort” para “llenarse los pies de barro y entender las necesidades de investigación” que tiene Paraguay.
Referentes paraguayas de la investigación estuvieron presentes hoy en ese conversatorio, como la ingeniera agrónoma Lidia Quintana, especialista en patología de las plantas; la bióloga Fátima Mereles, descubridora de cuatro especies de plantas; la bioquímica Graciela Russomando, experta en técnicas moleculares, y la historiadora Mary Monte.
Todas coincidieron en que la carrera investigadora “no es fácil”, pero “tampoco imposible” y repitieron que, a pesar de las limitaciones materiales y burocráticas de Paraguay, “es factible hacer ciencia y tecnología en el país”.
Ellas, con más de 30 años de trayectoria de investigación a las espaldas, recordaron sus inicios, como Quintana, que descubrió su “inclinación por la ciencia” cuando vio su primer microscopio en la adolescencia; o Russomando, que pasó de ser una “niña preguntona” a hacer cultivos celulares cuando todavía “no existía una estufa de CO2” en Paraguay.
No obstante, Quintana reconoció que para ella había sido “un desafío” introducirse en una carrera como agronomía, “un área completamente de hombres”, con “bajo salario” y en una cultura que “todavía no acepta a la mujer al mando”.
A pesar de eso, consiguió desarrollar nuevas variedades de trigo y hoy considera “un logro importantísimo para la agricultura nacional” haber posicionado a Paraguay como “exportador de trigo desde los años 90”, algo impensable para un país subtropical.
Por su parte, Mereles se especializó en ecología de agua dulce y estudió las plantas acuáticas, de ahí que encontrara cuatro nuevas especies.
“Uno no busca. Se va haciendo especialista y al colectar dice: ‘esta nunca he visto'”, comentó al referirse a su aporte a la ciencia.
Sin embargo, si tuviera que destacar algo de su carrera como investigadora, se quedaría con su contribución al herbario de la Facultad de Ciencias Químicas, como reconoció hoy.
Mereles insistió en que la ciencia paraguaya “necesita más especialistas” e instó a las jóvenes a luchar “con tenacidad” para dedicarse a este trabajo.
También Russomando, que durante años lideró el Programa Nacional de Control de la Enfermedad del Chagas, invitó a las nuevas generaciones a “que no pierdan la esperanza” y se puso como ejemplo al señalar que desde sus inicios se empeñó en demostrar que “Paraguay podía hacer biología molecular” a principios de los 90.
“Para tener ciencia no es 100 % necesario tener lo último de lo último, lo importante es saber qué se quiere hacer”, agregó.
Desde la rama de las ciencias sociales, Mary Monte, presidenta de la Academia Paraguaya de la Historia, subrayó que “ser investigadora en Paraguay es una misión bastante difícil” y se pronunció también sobre los problemas que aparecen cuando entra en la ecuación la vida familiar.
“Combinar la familia con la investigación es un poco difícil. Tratar de compaginar, de organizar nuestras vidas como investigadoras, como madres, como hijas y como docentes es difícil, pero no imposible”, subrayó.
Los datos del Programa Nacional de Incentivo a los Investigadores (Pronii) contabilizan 746 investigadores, de los que el 49 % son mujeres, y en el nivel III, el más elevado, solo se encuentran tres mujeres de un total de 16 personas.