Bojayá: el Cristo sin brazos y el pueblo que aprendió a rezar de pie

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A las 10:15 de la mañana del jueves 2 de mayo de 2002, un cilindro de gas relleno con dinamita y metralla atravesó el cielo de Bellavista, rompió las tejas de eternit de la capilla San Pablo Apóstol y cayó en el altar de Bojayá. En ese momento, adentro se apretujaban centenares de personas que creían que Dios o al menos el concreto las protegería de la guerra.

No las protegió nadie. Murieron 119. Cuarenta y ocho eran niños.

El número suena a estadística. Pero en un pueblo de apenas 1.100 habitantes, ese número significa que ese día desapareció el diez por ciento de Bojayá. Significa que quien no murió, enterró. Que quien no enterró, huyó. Que quien no huyó, quedó con un pedazo de metralla adentro, en el cuerpo o en la memoria, para el resto de su vida.

Bojayá: la guerra llegó como siempre, por el río

El río Atrato es la columna vertebral del Chocó. Por él bajan las mercancías, las noticias, los muertos. En 2002, también bajó la guerra. El 20 de abril, 250 paramilitares del Bloque Élmer Cárdenas de las AUC, bajo el mando de Freddy Rendón Herrera, alias El Alemán, entraron en pangas y avionetas a una región que el Frente José María Córdova de las FARC-EP consideraba su territorio. Lo que siguió fueron 18 días de combates en los que la población civil no tuvo adónde ir.

Bojayá no era un pueblo que no supiera lo que era el miedo. Desde 1997 había vivido masacres, listas de condenados, policías asesinados. En marzo de 2000, las FARC habían matado a 22 policías en el vecino municipio de Vigía del Fuerte. El Estado tomó entonces una decisión que marcaría el destino de esa gente: se fue. Retiró su presencia. Dejó a Bojayá sin más ley que la de los armados.

Leiner Palacios era un líder comunitario que vivía con su esposa y su hija en una casa de madera en Bellavista. La mañana del 2 de mayo, las balas empezaron a atravesar las paredes de madera. Arrojó colchones, intentó que sirvieran de escudo. Luego salió al río. Pensó, como todos, que adentro de ese templo de concreto estarían a salvo.

El sacerdote Antún Ramos Cuesta, párroco de Bojayá, había lanzado alertas desde días antes. La iglesia rebosaba. Había niños en el suelo, mujeres rezando, ancianos con el rosario en la mano. Entonces cayó el cilindro.

El impacto destruyó el altar. Despedazó cuerpos. Apagó voces. En el caos que siguió, una mujer llamada Macaria, de 50 años, quedó atrapada adentro. Herida, sin poder moverse, no podía abandonar a su hija de 17 años que tenía discapacidad cognitiva. Aguantó sola durante horas. Vio agonizar a sus vecinos. Intentó calmar a los niños ensangrentados. Y rezó al Cristo que, igual que ella, había quedado mutilado.

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El Cristo Mutilado: lo que Bojayá le dejó al mundo

De las ruinas de la capilla alguien rescató la imagen del Cristo. Le faltaban los brazos, las piernas, la nariz. El torso estaba chamuscado. El rostro, intacto. El fotógrafo Jesús Abad Colorado inmortalizó esa imagen. El mundo la vio. Y por primera vez, Colombia supo dónde quedaba Bojayá.

Delis Palacios, sobreviviente y miembro de la Organización Étnica Los Palenkes, explicó por qué ese Cristo importa tanto: ese Cristo es la memoria viva de ese día que no puede repetirse. Por eso lo cuidan. Cada 2 de mayo, el Cristo Mutilado preside la procesión que recorre el antiguo Bellavista, el pueblo fantasma donde ocurrió la masacre.

En septiembre de 2017, el papa Francisco se arrodilló ante esa figura en Villavicencio. Dijo que al mirarla contemplaba no solo lo que ocurrió aquel día, sino también tanto dolor, tanta muerte, tantas vidas rotas. Luego escribió una oración: Oh Cristo negro de Bojayá, haz que nos comprometamos a restaurar tu cuerpo. Que seamos tus pies para salir al encuentro del hermano necesitado; tus brazos para abrazar al que ha perdido su dignidad. Un papa que moriría en abril de 2025 dejó escrita, para este pueblo del Chocó, la oración que Colombia entera debió pronunciar desde el primer día.

Las alabaoras: las que cantan para que los muertos no se pierdan

En el Chocó, cuando alguien muere, no basta con enterrarlo. Hay que cantarle. Las alabaoras son grupos de mujeres afrodescendientes que practican el alabao, un canto a capella sin instrumentos, heredado de África. Para ellas, el canto es una conexión entre los muertos que se van y los vivos que se quedan. El 2 de mayo de 2002 las dejó sin voz durante días. Había demasiados muertos. Demasiado dolor para encontrar la nota.

Pero cantaron. Y no pararon. Las cantadoras del Consejo Comunitario de Pogue llevan 24 años cantándoles a los 119 nombres inscritos en el telón que la comunidad conserva junto al Cristo Mutilado. Cuarenta y ocho de esos nombres eran niños. Las alabaoras estuvieron en Cartagena en 2016, en la firma de la paz. Estuvieron en Oslo cuando el presidente Juan Manuel Santos recibió el Nobel. Están cada 2 de mayo en la procesión. Su lema: los muertos hablan y los vivos cantan. En Bojayá, esa frase no es una metáfora.

El inspector de policía Lascario Miller fue a buscar al comandante guerrillero y le exigió en nombre del pueblo que se fueran para poder enterrar a sus muertos. El jefe insurgente respondió que lamentaban el error y añadió: esto es la guerra, así de dura es la guerra.

Bojayá hoy: 24 años esperando que el Estado diga lo que tiene que decir

El 2 de mayo de 2026, a 24 años de la tragedia, el Estado colombiano realizará en las ruinas del antiguo Bellavista un acto formal de reconocimiento de responsabilidad y petición de disculpas públicas. No es un gesto voluntario: es una orden judicial. La sentencia número 98 del 28 de mayo de 2012 declaró a la Nación responsable por no haber protegido a la población civil. El Tribunal Administrativo de Chocó lo confirmó en 2019.

En el municipio de Bojayá hay registradas 38.788 víctimas del conflicto armado. Entre ellas: 33.721 por desplazamiento forzado, 9.407 por confinamiento y 1.365 por amenazas. El conflicto no terminó con la masacre. Desde 1958, el Observatorio de Memoria y Conflicto registra 275 víctimas en 167 hechos de violencia solo en ese municipio chocoano.

En la conmemoración de este año, la comunidad presentó el libro Rituales fúnebres de Bojayá, que recoge sus saberes ancestrales para la despedida espiritual de los difuntos. Es un libro que no debería existir. Ningún pueblo debería necesitar sistematizar sus formas de llorar a los muertos de una masacre. Pero Bojayá lo escribió igual, porque escribirlo también es una forma de resistir.

Qué sigue: la memoria como única garantía de Bojayá

El Ministerio del Interior avanza en la implementación de la Ley 2087 de 2021, que declara el 2 de mayo como día conmemorativo nacional y establece medidas de dignificación y no repetición. Se construye el sendero de la memoria en Bellavista Viejo. Se diseña el museo virtual. Se produjo el documental Bojayá: la verdad desde adentro. Son pasos necesarios. Pero en el Chocó, donde el río Atrato sigue siendo más Estado que el Estado, la memoria sin transformación real corre el riesgo de convertirse en ritual vacío. Las comunidades afrodescendientes e indígenas del medio Atrato siguen esperando rutas, hospitales, escuelas. El padre Antún Ramos Cuesta lleva 24 años mirando al Cristo mutilado y repitiendo lo mismo: debería recorrer todo el país, para que le ayuden a poner los brazos y las piernas que le faltan. Tiene razón. A Bojayá le hace falta lo mismo.

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